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OPINIÓN

Ahí viene el coco… No, no, son las feministas

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Fuente: Presidencia

COLUMNA ||| Perfiles Políticos

Es notorio que al presidente Andrés Manuel López Obrador no le “cae el veinte” respecto al movimiento feminista, que se está convirtiendo en el “coco” de su gobierno. Un tema que prefiere evitar, al que le da la vuelta y “saca el bulto”.

Y el caso es que él no se siente parte de la solución a la problemática de las mujeres, más bien las ve con una actitud de amoroso abuelo que piensa que todo puede arreglarse con un buen abrazo. Amor y paz, diría.

Esta semana las féminas –ambas reporteras– lo pusieron de cabeza, ante la denuncia de violencia hacia ellas, ahí en el Palacio Nacional. Las protagonistas, Verónica Villalvazo, mejor conocida como “Frida Guerrera” e Isabel González.

Los hombres protagonistas, Marco Antonio Olvera y Paul Velázquez. Dos que se dicen periodistas, son blogueros con acreditación y que forman parte de ese sequito aplaudidor que pulula en “las mañaneras”.

Como Poncio Pilatos, el presidente prefirió “lavarse las manos” y esquivar el golpe, cuando de él se esperaba una actitud diferente. Para él perdón y olvido y muchos abrazos son la solución.

Dada su investidura presidencial no puede encarar los problemas como lo haría un maestro de escuela luego de una pelea entre sus alumnos. No puede obligar a estas dos mujeres ofendidas a que le den la mano al ofensor y lo perdonen.

Lo grave es que ante las denuncias de violencia, de ataques, su gobierno no esté dispuesto a brindarles la protección, a garantizar que su seguridad personal no será transgredida, que no se tomen medidas para que ello no vuelva a ocurrir.

Las intervenciones de Frida e Isabel en las mañaneras del miércoles y jueves le mataron la nota al presidente. Cierto es que los anuncios de Santiago Nieto (UIF) y Graciela Marquez Colin, se vieron deslucidos. La nota es la nota.

Nieto presento un informe sobre las investigaciones que llevan a cabo, de los miles de millones bloqueados y Marquez, sobre las Tandas del Bienestar. Temas que le gustan al presidente y le permiten explayarse a su gusto.

Tanto frida, como Isabel soltaron una andanada de preguntas que lo desconcentraron y desconcertaron. Ninguna de las dos obtuvo la respuesta esperada, no fue más alla de buscar concordia. No hubo siquiera un llamado de atención, un regaño.

Hace algunos años, las mujeres bajaban la vista y guardaban silencio. Hoy es diferente, van de frente y defienden sus derechos y conquistan un lugar preponderante en una sociedad que estuvo dominada –y pretende seguir– por el genero masculino.

Que una reportera presente una denuncia de agresión por parte de otro sedicente reportero no es algo común y mucho menos en una conferencia de prensa con el Presidente de la República.

Pero el asunto va más allá. Forma parte de esa escalada de violencia y polarización que López Obrador ha impulsado desde el primer día de su mandato, de sus calificativos de prensa “fifi”, de acusar a los que lo critican de ser conservadores, adversarios.

Así que no debe extrañarle que esos dos paleros, protagonistas de los ataques verbales y amenazas a las periodistas, se sientan de alguna forma protegidos y solapados desde el poder onmimodo que se ejerce desde Palacio Nacional.

Y no solo me refiero al presidente, sino a quienes lo rodean y que hacen lo que sea por quedar bien, que dan la palabra a los aduladores y la regatean a los verdaderos profesionales que podrían ponerlo en aprietos.

Andrés Manuel López Obrador es un hombre transparente, no oculta cuando algo no le gusta. La sonrisa se le borra y el gesto adusto le surge y pierde las formas que tanto cuida. Los monosilabos le salen a modo de respuestas.

Francisco J. Siller
Editor de
Infórmate

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EN BREVE ⚡ | Última oportunidad para Lozoya

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El juego del calamar, la farsa del cristal y el acero

Felipe Monroy

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México. No es simple coincidencia que la popular serie El Juego del Calamar (Hwang Dong Hyuk, 2021) y la multipremiada cinta ‘Parásitos‘ (Bong Joon Ho, 2019) provengan del mismo ambiente y entorno: una sociedad asfixiada por las dinámicas del capital, la desigualdad, el utilitarismo y el mercado.

Son oscuras representaciones de la comedia humana esclavizada por los imperativos del dinero y la crispación.

Es cierto que ambas producciones (junto al poderoso fenómeno K-Pop) han puesto a Corea del Sur en el radar del mainstream cultural; sin embargo, sus historias no sólo reflejan los perfiles de la nación asiática; por el contrario, con sagacidad, desnudan la naturaleza más oscura del neoliberalismo ideológico sobre la persona humana: las consecuencias de una doctrina de satisfacción y autopreservación sustentada en el deseo individual.

Quizá por ello, El Juego del Calamar ha sido tan rápidamente adoptada por la gran audiencia. Es fácil empatizar con todo lo que allí ocurre, el espectador se ha identificado tan rápido que la producción de disfraces y parafernalia de la serie se comercializa prácticamente en cada crucero citadino; niños y adolescentes practican en los patios los juegos de la historia; y, casi todas las culturas han recreado con sátira cómo serían los juegos en su propio contexto.

Así, una matrioshka gigante asesina aniquila rusos en el juego ‘luz verde, luz roja’ o un mexicano casi sufre un colapso de ansiedad desenvolviendo un mazapán sin romperlo como en el juego de las galletas de azúcar y los británicos han sugerido que uno de estos juegos mortales podría ser su famoso ‘Bulldog‘.

Que tanta gente se sienta identificada sólo puede significar que compartimos las angustias del mismo sistema. Un régimen neoliberal de autoexplotación que el filósofo Byung-Chul Han ha criticado ácidamente: “La explotación a la que uno mismo se somete es mucho peor que la externa, ya que se ayuda del sentimiento de libertad… La gente está volviendo su agresión contra sí misma. Esta autoagresividad hace que los explotados no estén tan inclinados a la revolución como a la depresión”.

En la serie, casi todos los personajes podrían encajar en aquella descripción: La libre elección de cada jugador los conduce una y otra vez a intentar remediar sus singulares conflictos someténdose a pruebas autodestructivas cuyo improbable y casi inaccesible escenario final es la cúspide de cierto privilegio que les permiten los dueños del dinero.

Nadie los ha obligado, por eso no hay contra qué rebelarse; nadie habrá de morir con virtud o indignación ante el sistema, por el contrario, perecerán sorprendidos por la súbita conciencia de su deprimente existencia. Dice Byung-Chul Han: “Resulta muy difícil rebelarse cuando víctima y verdugo, explotador y explotado, son la misma persona”.

El Juego del Calamar‘ es una pequeña muestra de lo grave y profundo que la esencia del ser humano puede ser trastocada bajo el neoliberalismo y el sistema tecno-capitalista. La desigualdad se muestra ostentosamente sin que nadie repare en ella; la muerte de uno se reduce a la acumulación de bienes en otro; al nombre lo sustituye el número y el uniforme; el éxito individual conduce inexorablemente a hacerse verdugo del prójimo; la insatisfacción provoca hartazgo en el débil y aburrimiento en el poderoso, al primero lo obliga a sobrevivir mientras el segundo crea distracciones obscenas.

En todo caso, nos identificamos en la asfixia que provocan las deudas o la búsqueda de inalcanzables, en la salvaje competencia por la supervivencia, en el inconsciente y anónimo canibalismo con el que nos descuartizamos permanentemente en las redes sociales o en nuestros personales ‘campos de trabajos forzados’.

La reclusión en El Juego del Calamarparece una prisión de cristal y acero: sólida y diáfana. Y a lo largo de la serie, estos dos elementos irán mostrándose como sutiles símbolos de este nuevo sistema de opresión. A veces evidentes y otras más figurativas, las características del acero y el cristal (versatilidad y resistencia; transparencia y pureza) irán acompañando el drama pero también revelando su farsa.

Acero y cristal se encuentran en la cruel muñeca robótica y su implacable juicio a través de sus prístinas pupilas; en los cristales de azúcar que ceden ante el punzón de la aguja; en los pesados grilletes y la guillotina; en las dramáticas canicas; en el puente de vidrio; en el cuchillo homicida; en el cofre transparente donde se acumula la vida de los perdedores en forma de dinero; en el ventanal voyerista donde se asoman las desgracias ajenas o en la máscara del verdugo mayor. La cúspide de estos elementos son, sin embargo, las máscaras de impenetrable cristal dorado que sólo los poderosos pueden usar; dueños de la cárcel figurativa, cárcel de metal y cristal donde los miserables persiguen la subsistencia de sus sueños.

Sólo dos personajes evitan casi todo el tiempo ‘jugar ese juego donde todo el mundo hace trampa’, aunque en la frontera del miedo ceden a su posición original de debilidad y de poder. El primero y el último concursantes son quienes, paradójicamente, al final de la travesía se reconocerán como último y primero del juego; reconocerán que ni el cristal es siempre transparente y ni el acero siempre sólido; y eso los conduce a su actitud final: el cinismo o la resiliencia.

La resiliencia conlleva actos heroicos tan sutiles que el héroe casi no se distingue: Un hombre que auxilia y se permite recibir ayuda, que ante la impaciencia no usa el filo del metal sino la más suave de las armas, que protege al anciano y al débil, que que confía en el liderazgo de otro sin dejar de reconocer y cuidarle sus debilidades humanas.

Es un hombre que se indigna frente a la injusticia pero se comprende incapaz de ciertas decisiones morales, es un jugador que perdona, que expresa ternura, que sufre por su propia monstruosidad, que recapacita y tiende la mano. Es, será, el único personaje que se sacrificará sin cálculos ni venganzas sino con el honesto deber de ayudar al desconocido.

Frente a la farsa tecno-capitalista, el héroe promueve la colaboración; frente a la sociedad de autoexplotación, se permite la contemplación y la moderación; frente al cristal y el acero, el héroe abraza la lágrima y la piel, la sangre y el sudor; frente al miedo, la esperanza; frente a la autopreservación, el sacrificio; frente al cinismo, la caridad.

Pero, como apuntó Byung-Chul Han “la era de la prisa no tiene acceso a la belleza ni a la verdad. Sólo en una contemplación prolongada, incluso en una moderación ascética, las cosas descubren su belleza, su esencia fragante”.

Por ello, el héroe requerirá un año entero para contemplar y privarse de todos los bienes para finalmente sentir el peso de su deber en la realidad que sigue sufriendo injusticias en la jungla de cristal y acero. Su última elección es esa ‘esencia fragante’ que revela el incuestionable camino hacia la ardua virtud.

*Felipe Monroy
PERIODISTA

@monroyfelipe

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A qué buena medicina…

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Porbaldo

Arden las redes con el ungüento vitacilina y el monero Baldo lo sabe

Twitter @porbaldo

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